Pelúa con Masa
Por Orlando Urdaneta
Sueño que estoy en el país. Convertido en uno de esos valientes mártires de la patria. Héroes de la convivencia cotidiana en las misiones. Esos que se dedican a criticar, embozados en un seudónimo, a quienes señalan los errores del régimen que los mantiene. Cumpliendo así, con el compromiso hecho, al aceptar el bozalito de arepa. O la burka de caviar, según el cargo. Desprestigiando a todos diariamente. Instándolos a no ser cobardes. A arriesgar la vida luchando en Venezuela. Como lo hacen ellos desde cualquier botiquín que expenda 18 años. Atacando a aquellos que escriben en la prensa, lo que piensan del Narcochoro. Llamando “periquero” a todo aquel que escriba en las páginas web. Olvidando que nuestro Petrolíder, masca coca.
Desde mi laptop HP, como el difunto Reyes. Con internet satelital. Cómodamente sentado en una lujosa arepera del de la ciudad. Me dedico a esas labores de resistencia.
Confirmo que cargo mi tarjeta de crédito “American Disgrace” del Banco Iraní de Descuento del Prestigio Nacional. Para poder comer.
Ando en mi carrito chocón por la autopista de la difamación. Digo, de la información. Si la persona hace un análisis, lo invalido diciendo que eso ya lo sabemos. Y le pregunto por las soluciones. Es decir, soy un gran luchador pero no para luchar. Mucho menos estudiar las vías. Discutir, decentemente, en los foros. No. Yo quiero que me den las soluciones listas. Y masticadas, o mascadas, para no tener que mover las mandíbulas.
Exactamente como me hicieron en la cuarta. Quiero lo mismo. No aprendí nada.
El menú tiene que ser cantado. Me da pereza leer. Aunque me canten una cosa y la carta contenga otra. Me muevo a pura sugerencia del mesero de turno.
Claro, porque pensar, supondría recordar las promesas incumplidas. El marxiengaño rojo. Me impondría hacer memoria. Reconocer que llevamos diez años de “Proceso”. De la revolución de la hambruna.
Me obligaría a recordar que los corruptos de la Polar nos vendían la harina pan, que ahora regalan Mercal y Pdval. Claro, que no la hay. Pero de tenerla la regalarían. Como regalarían la carne si no la trajeran ya podrida. O la leche si se consiguiera. O los huevos, si los tuvieran.
Y ese dineral en la calle. Es una prueba más que clara de que el régimen ha traído prosperidad.
Yo se que ese “dinero en la calle” es como el cuento de las siete mujeres para cada hombre. ¿Dónde?, yo me pregunto, ¿quién se esta quedando con las siete mías?.
Pero si el polit-buró dice que hay dinero, hay dinero. Negarlo sería revisionismo antibolivariano. Pitiyankismo salvaje.
Ésto debe ser dogma de fe.
.- Palabra de Hugo
.- Te las besamos, señor
Se acerca el mesonero, que en mi sueño, por mi mentalidad de escuálido supongo, tiene cara de pobre. Parece que tuviera varios días sin comer. No por que sea flaco. Por la tristeza en su mirada. Por ese desgano con el cual se dispone a cantarme oferta del día.
Pero esforzando una gentileza, a pesar de su aparente estado de ánimo, me comenta que no hay casi nada de lo que estoy tratando de leer, bajo el plástico. Tornasolado por el tiempo y las manchas. Me comenta que sirven de lo que hay, pero que las arepas sí son recién hechas. Trata de darme los precios, pero lo detengo. Son impresiones muy fuertes para un estomago vacío. Tampoco me sabe decir de qué es el batido. Pero lo acaban de hacer, porque hoy si les llegó la fruta.
Por tratarse de un sueño, presumo yo, no indagué mucho y le dije que me trajera lo que tuviera.
De su izquierda surgió una bandeja. Eran, un batido y entre pañales de papel estraza, una arepa.
¿Qué es esto?, le pregunté, señalándosela.
Una “pelúa”, me respondió.
¿Con tanta masa?
Así es como viene la pelúa, con “mucha masa”
Como para dormir tranquilo.





























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