¡Cambio y fuera!
Chávez tiene un problema de credibilidad. Poco a poco el líder se muestra como un mentirosillo, incapaz de disimular el crecimiento de su espina nasal. Lo que antes defendía ahora es pecado; lo que antes era pecado se acepta como lo más natural. Allí está la terrible inconsistencia que le apolilla la popularidad. Mentir como oficio tiene ventajas, pero como estrategia oficial tiene costos que sobrepasan magras ganancias.
Exordio breve e inofensivo. La decadencia de los partidos políticos y presidentes en las décadas recientes se atribuye en diversos estudios a su (aparente) súbito cambio político-ideológico. Unos cuantos de éstos fueron reemplazados electoralmente o mediante “flexibilizaciones” de la Constitución porque perdieron su base de apoyo. En Venezuela, el gobierno de Carlos Andrés Pérez terminó sepultado en la impopularidad y finalmente derrocado con la inestimable ayuda de su propio partido, porque la opinión pública apreció que aquel personaje de la década de los 70, promotor del pleno empleo y la abundancia, volvía a gobernar con un programa de austeridades y cambios que se estimaron inaceptables. Sin contar con el Caracazo, que mostró que la paciencia social había llegado al límite.
Luego vino el gobierno de Rafael Caldera, que sufrió suerte similar. El hombre llegó a gobernar contra la política de ajustes de CAP y para liberar al país del bipartidismo, de lo cual su propia elección era una muestra. Al final, su gobierno adoptó el neoliberalismo y terminó sostenido por AD dejando en el camino los jirones de Convergencia y del chiripero. En ambos casos, al margen de la conveniencia o necesidad de los cambios o incluso de su timidez, los electores percibieron esas gestiones como nefastas al observar una contradicción entre lo que se ofrecía y lo que se hacía. Véanse algunas de las contradicciones bolivarianas:
Los Golpistas. Los voceros oficiales se extasían en su reiterada denuncia de los opositores tildándolos de golpistas. Sin embargo, en Venezuela los golpistas convictos son los que gobiernan. Ellos mostraron que con determinados argumentos intentar tumbar a un presidente es un acto patriótico. Existe entonces una clara disonancia entre aclamar un golpe, como se ha hecho esta semana, y condenarlo. Si los otros son golpistas, en verdad ¿son tan malos? ¿O será que hay golpes buenos?
Desórdenes Callejeros. Los sapos oficiales farfullan con frecuencia en contra de los grupos protestatarios que obstaculizan el libre tránsito y hasta lanzan piedras en las calles contra los represores. ¡Habrase visto! Son -aseguran- manifestaciones sin los debidos permisos que violan varios artículos de varias leyes, incluida la de las buenas costumbres. Estas zonceras son sostenidas por altos funcionarios, veteranos del relajo callejero, encapuchados quemacarros, tirapiedras profesionales, vagos de bajas calificaciones y algunos de varios muertos encima.
La Denuncia. Los dos personajes que representaron la denuncia en los postreros tiempos de la democracia fueron Alfredo Peña y José Vicente Rangel. Este último sostenía como tesis oficial, cuando se le requerían pruebas de sus denuncias, que él no era policía; que él denunciaba y que los organismos correspondientes debían investigar. Esta tesis fue aplaudida como principio fundador del periodismo por la corte oficial actual. La sorpresa es que los acusados de esta época, ateridos y despelucados, se suben al taburete a reclamar las pruebas de lo que dicen los periodistas, con análisis de ADN, huellas digitales y pistola humeante incluidos. ¡Cómo se puede jugar con el honor de las personas!, exclaman los mismos que hicieron peloticas de papilla con el honor de otros.
La Clase Obrera. Para la izquierda eran sagradas las luchas de la clase obrera y de los trabajadores en general; su derecho a huelga, intocable. Los gobiernos que atacaban las huelgas eran denunciados como agentes de la burguesía nacional e internacional. Los que ayer aplaudían, trocados en circunspectos hombres de Estado, les da un sofoco cada vez que hay una huelga porque -argumentan- la mano oscura de los desestabilizadores es lo único que puede explicar el descontento.
¡Qué Se Vaya! Las ganas de salir de un presidente no son nuevas. En Venezuela se crearon movimientos para promover la salida de Pérez y luego de Caldera. Eso era parte de lo normal. No sólo esto, sino que se urdieron redes con civiles y militares para provocarlas. El propio Chávez intentó salir de CAP por la vía de despacharlo al otro mundo, y luego planteó con vehemencia la renuncia de Caldera. Ahora a estos mismos zánganos les da un vahído cuando grupos e individualidades consideran que lo mejor para el país es que Chávez salga de la presidencia, que renuncie, que lo enjuicien; no mañana sino ya.
Las Cúpulas Podridas. La más vieja de las historias de los actuales redentores es la que se refiere al horror que le profesaban a las burocracias que concentraban el poder en los partidos y, por esta vía, en el país. Los venezolanos -decían- están asfixiados por las cúpulas podridas. Resulta que ahora las cúpulas han sido sustituidas por una sola cúpula, unipersonal, en la cual la única discusión posible es la de yo-con-yo. Los militantes del PSUV no sólo viven la opresión de la cúpula que es y representa Chávez, sino que además carecen de libertad para disentir.
La Represión. La guinda de la torta es la justificación de la represión y cómo la exhiben sin contención. Resultó patético ver en VTV al siniestro coronel Benavides de la GN cuando mostraba sus instrumentos de represión, eso sí, con rostro humano. En Venezuela hubo gobiernos represivos pero no se jactaban de su acción. Los de hoy lo hacen con total impudicia, con la sinvergüencería de los sapos, de los que saben que no tienen regreso. Hace años se desgañitaban: “Las calles son del pueblo y no de la policía”; ahora recitan: las calles son de nosotros y no de los demás.
Economía Popular. Las tesis que prevalecían entre los que hoy son dueños del país eran los de promover una economía al servicio del pueblo, capaz de enfrentarse a las tesis empobrecedoras del neoliberalismo. Hoy, con la inflación más alta de América Latina, con la moneda devaluada, con Pdvsa arruinada, sin agua y sin luz, los próceres tienen la avilantez de decir que esto es progreso, socialismo u otra pamplina parecida. Y no les da pena alguna. Hasta les parece gracioso.
La amnesia comienza a jugarles una mala pasada. No leen la borra del café.
www.tiempodepalabra.com
El Universal
Muy bueno y didáctico este artículo
chavez es un cancer que le vamos meter quimioterapia a el y sus parasitos
Exelente síntesis. Sólo espero que la mayoría de los venezolanos seamos del color que querramos, hayamos aprendido en medio del caos que vivimos en nuestra amada VENEZUELA, a reconocer y superar los errores cometidos sin tropezarnos con la misma piedra, en cada uno de los momentos democráticos que nos exige esta tierra.